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12.22.2012

HOMENAJE: ARTURO SEGOVIA UN CARIBE FIGURA EN BOGOTÁ

Millonarios campeón 1972: Parados de izquierda a derecha: Otoniel Quintana, Julio Edgar “Chonto” Gaviria, Arturo Segovia, Joaquín “Pelé” González, Hermenegildo Segrera y Oscar Villano. Abajo en el mismo orden: Jaime Morón León, Alejandro Brand, Willington Ortiz, Julio Gómez y Julio Avelino Comesaña.
Hoy que el equipo azul de Bogotá volvió a ser campeón del futbol colombiano después de 24 años, es tiempo de recordar a una de las glorias pasadas del club bogotano, que mejor que recordar al gran Arturo Segovia, un magistral defensa CARIBE, a continuación el artículo publicado en el Diario el Heraldo el día 3 de junio de 2012.

Proyección al ataque con el soledeño Arturo Segovia

Arturo Rafael Segovia Pacheco camina entre la gratitud de los viejos vecinos y la desprevención de las juventudes que no lo vieron en las canchas. De mañana, en el parque principal del barrio Fontibón de Bogotá, el soledeño escucha cobn frecuencia el saludo de “adiós capi” lanzado desde varios puntos de la plaza cuando, curiosamente, a su lado pasa uno que otro zagal con pinta de barrabrava, que lo desconoce y que luce los emblemas de Millonarios, el equipo donde más brilló el futbolista de Soledad. Él pertenece a la época en la que eran los jugadores en el gramado quienes se hacían matar por una camiseta y no los presuntos hinchas, provocadores continuos de desmanes en tribunas y calles.

Por estos días, y a causa del invierno que anegó los campos en los que forma a una treintena de muchachos, el recordado zaguero vive una especie de licencia como instructor de nuevas promesas que esperan heredar su enjundia y la de muchos atletas de su generación. De los que traducían el fútbol doméstico en un lírico y sano espectáculo.

Hoy, mucho después de su retiro en 1979, Arturo Segovia se mantiene ligado al fútbol. Luego de intentar infructuosamente vincularse con entidades oficiales y de trabajar como instructor deportivo en empresas privadas, Arturo Segovia creó su propia escuela deportiva (Efas) en la que agrupa niños y adolescentes humildes que depositan en el fútbol la ilusión para alejarse de los vicios y las mañas.

El maestro y sus pupilos no tienen sede, sino que alquilan cada sábado una cancha del sector a razón de sesenta mil pesos por jornada, cifra que resulta astronómica para los prospectos. Segovia adolece de patrocinio, aunque lo han apoyado en su proyecto Gerardo Montero, un edil del vecindario, y uno que otro empresario que esporádicamente le financia implementos. Prácticamente es un entrenador ad honórem, pero feliz porque sigue vigente en la pasión de toda su vida.

Recientemente un grupo de comentaristas incluyó su nombre dentro de la selección colombiana ideal de la historia. Se le recuerda como un lateral diestro que marcaba muy bien y que se iba al ataque, aún en contra del permiso de llegar sólo hasta la mitad del campo que le daba el médico Gabriel Ochoa Uribe, el mejor técnico que tuvo. Ochoa se la tenía sentenciada: “el día que nos hagan un gol por tu zona, te clavo una multa”. Pero el defensa, que por cuellicorto también fue apodado el Oso, tenía la fuerza y el despliegue físico suficientes para ir y volver entre rayas finales

LOS INICIOS. Se inició en equipos menores y en la selección del Atlántico de donde dio el paso al Deportes Tolima, equipo que no le dejó plata pero sí curiosos récords que hoy expone con un cómico sarcasmo. Aquel Tolima, una excelente escuadra que no le ganaba a nadie, que jugaba en el estadio más grande del mundo y en el que la noticia cada quincena, de si había sueldo o no, la anunciaba la secretaria a través del ventanal de la oficina. Era rutina que la funcionaria se asomara blandiendo sus dedos contra el cuello en señal de que no había un centavo, ademán que el marcapunta y sus compañeros avistaban con resignación desde un restaurante del otro lado de la calle, donde seguro tenían más de un vale por pagar.

En ese tiempo los ingresos dependían de los recaudos de taquilla y a pesar de que el cuadro pijao jugaba bien, no seducía a la afición. En las desiertas gradas sólo se arrellanaban las novias y las esposas de los once guerreros que se batían ante el rival y los menesteres domésticos. “Ese estadio era el más grande del mundo. Nunca se llenaba”. Visto de ese modo, el gracejo de Segovia no difiere mucho de la realidad actual del fútbol criollo. Ciertamente, en Colombia podrían ubicarse los estadios más inmensos del planeta.

Fue una etapa pletórica de anécdotas y necesidades, en la que los jugadores no escaparon ni a las pescas milagrosas. Una noche regresaban a Ibagué con el peso de la derrota y un grupo de guerrilleros, conocidos como chusmeros, irrumpió en el bus. “Bueno, ¿quién se baja?” increparon los insurrectos. Y como si se hubieran puesto de acuerdo para responder, se escuchó el orfeón: “el Deportes Perdimos”. Lo que sí se valorizó en ese lapso de parvedad fueron los derechos deportivos del soledeño. El Tolima lo había adquirido por ocho mil pesos en 1962, y en 1965 lo vendió al Atlético Junior por ochenta mil.

En Barranquilla jugó durante seis años, tiempo en el que alcanzó el reconocimiento como uno de los mejores zagueros del país, el subtítulo de 1970, pero la desazón por no ser transferido al Peñarol de Uruguay. También jugando en el Romelio, pero cuando volvía vestido de azul, Segovia le hacía el quite a las bolsadas de orina que lanzaban desde un sector de la tribuna.

Arturo Segovia Pacheco también fue baluarte de la selección Colombia, incursionando por primera vez en el preolímpico del 64 en Perú. Allí vivió la tragedia del estadio Nacional de Lima cuando murieron más de trescientas personas a causa de la asonada que se desató, luego de que el árbitro anulara el gol del empate de los peruanos frente a Argentina. Los colombianos, eliminados, estaban como espectadores en el ominoso cotejo.

Aquella fatalidad sería el inicio de una serie de curiosidades y reveses del seleccionado. Un conjunto forajido que tuvo la mala fortuna, ¿o la buena?, de encontrarse con Brasil en el camino de las eliminatorias. Primero fue el abultado seis a dos del Maracaná propinado el 21 de agosto del 69 por la banda de Pelé, Tostao, Jairzinho. Edú y Rivelino. Sinfonía balompédica que habría de alzarse con el título en México 70.

Años más tarde, el 9 de marzo de 1977, la selección volvió a pisar el colosal escenario de Río de Janeiro para caer estrepitosamente seis por cero. Segovia recuerda que Pacho Chagas Marinho había cobrado tres tiros libres, con balance de un gol y dos postazos. En el cuarto cobro, él quiso apreciar la jugada. Cuando el arquero Luis Gerónimo López armaba la barrera notó que el soledeño lo miraba, mas no al cobrador. “Voltéate Segovia, voltéate”, le reclamaba López. “Eche, ¿tú crees que yo me voy a perder este gol?, ni por el carajo”.

La algarabía de Segovia no se contiene ni al rememorar el hostigamiento de la policía paraguaya en el Defensores del Chaco durante un crucial partido de la Copa América de 1975 que los nacionales ganaban a los guaraníes. El juego no terminó por la irrupción de la fuerza pública y por sustracción de materia, pues los colombianos tuvieron que atrincherarse de cualquier modo para salvarse de la golpiza. Esa Copa América es evocada también por el subcampeonato conseguido y por la infortunada jugada del boricua Zárate que forzó un tercer enfrentamiento entre Perú y Colombia en Caracas.

Segovia también presenció el puñetazo del árbitro Chato Velásquez contra Orlando Herrera, un compañero del Tolima y el descaro del loco Ucrós, un juez de Soledad que detuvo un partido en el Romelio Martínez para encenderse a golpes con un aficionado que lo mortificaba desde la gradería.

Aunque no amasó fortuna, gracias al fútbol Segovia Pacheco logró la estabilidad de su familia y le queda la satisfacción de haber representado con honor cada color que defendió. “Muchos futbolistas de hoy sólo piensa en ganar dólares o euros. Le aseguro que si el jugador colombiano tuviera más temperamento, seríamos mejores que los uruguayos y los paraguayos. Hablaríamos de disputar mundiales”, espeta el soledeño, aunque advierte: “Falcao García es la esperanza, de lejos, el mejor jugador de Colombia en la actualidad”.

Arturo Segovia se proyectaba al ataque y ahora le hace el cierre a la ingratitud de quienes ya no se acuerdan de las viejas figuras como él, vive tranquilo por lo conseguido con su guapeza y su devoción por el fútbol. Se acuerda de los buenos momentos del pasado, algunos de los cuales espera recuperar si de pronto Betty, su ex esposa y madre de sus tres hijas, le abre la puerta para sacar de la casa el archivo fotográfico que recrea su gloriosa carrera profesional.

BICAMPEÓN CON MILLONARIOS

Arturo Segovia alcanzó la gloria en Millonarios con los títulos del 72 y el 78. Allí recorrió el camino expedito que le dejaba la gambeta endiablada de Willington Ortiz y se formó con la guía del médico Ochoa Uribe, un hombre estricto, disciplinado y justo que lo puso a punto físicamente, que lo animó a comprar su primera casa en Bogotá y con el que aprendió la mesura de las celebraciones al término de los partidos. Por orden suya, un jugador prestaba la casa el domingo y a la fiesta era obligatorio ir con la esposa. En pleno baile él les decía: “el martes en el entrenamiento les saco todo el trago”. Y el martes a primera hora el estratega examinaba el resuello de sus jugadores, por si alguno había continuado la farra.

Jugó más de 700 partidos, siendo uno de los de mayor registro en el país. Anotó algunos goles y fue expulsado poco. La que más recuerda fue el día en que el árbitro Mario Canessa le dio a escoger entre amarilla y roja, luego de que se pasara de faltas contra un delantero del Cúcuta. Por. César Muñoz Vargas